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Ricardo Zamora, la historia del arquero que marcó una época

Ricardo Zamora, la historia del arquero que marcó una época

El catalán fue superhéroe en España y dio origen a un premio único en el mundo. Se lo considera el primer futbolista mediático. ¿Su apodo? El Divino.

Diego Simeone lo dice en cualquier charla de las que se dan en De María -su cadena favorita de restoranes en Madrid, donde se respira fútbol y argentinidad- o en cualquier entrevista. En privado y en público:

-¿Quién es el mejor arquero del mundo?

-Oblak.

El Cholo responde sin dudar. Es su arquero. Está convencido. El esloveno de 28 años, nacido en Škofja Loka, figura de su seleccionado, es uno de los futbolistas favoritos del hacedor del ciclo más exitoso de la historia del Atlético de Madrid.

Hay un dato que impulsa la idea de Simeone: Oblak ganó cinco de los últimos seis premios Zamora (el que se le entrega desde 1959 al arquero menos vencido de la LIga de España; retroactivamente el premio fue entregado por el diario Marca a los arqueros con mejor coeficiente de las temporadas 1957/58 y precedentes).

Más de este gigante de 189 centímetros: en 2017 y en 2018 fue nominado para el Balón de Oro. Y para la revista británica FourFourTwo es el mejor en su puesto en la última década.

Durante la vigente temporada 21/22, Oblak está a punto de romper la historia y llevarse por delante un nombre que forma parte de la identidad del fútbol español. "Es es un futuro Zamora", se les suele decir a los jóvenes que vienen en racha bajo los dos palos y el travesaño. Oblak -al igual que Víctor Valdés- ya suma cinco, la Cifra Zamora. Ahora va por todo de la mano del entrenador "que más confianza le entregó", según Oblak confiesa. 

Hay argentinos en la historia del listado: cinco premios para cuatro arqueros (el segundo país en el ránking); el primero fue Jorge D'Alessandro (dos veces, en 1975 y 1976), Carlos Roa (1999), Martín Herrera (2000) y Pablo Cavallero (2003). 

Pero el personaje en cuestión es otro. Un referente de los tiempos: Ricardo Zamora. Fue un crack del arco. El Real Madrid, que lo ubica entre sus "Jugadores de Leyenda", lo describe en su página oficial:

"Era conocido como El Divino. Un adjetivo que describe el efecto que Zamora tenía sobre las aficiones y sobre los delanteros rivales. Su paso por el fútbol español dejó una profunda huella. Su siempre perfecta posición cubriendo la portería, la seguridad que mostraba en todas sus acciones, sus increíbles reflejos, nervios de acero y personalidad. Sin duda uno de los mejores jugadores españoles de la historia. (...) Fue el futbolista más importante de la década de los 30 en España, tanto dentro como fuera de la cancha. Tenía todas las virtudes imaginables en un guardameta".

Es un caso curioso visto con los ojos de este tiempo de rivalidades exageradas: llegó al Real Madrid tras ser -algunos años antes- referente en el Barcelona, en días del memorable José Samitier. En las dos grandes ciudades de España su nombre y su apellido son venerados de idéntico modo. También fue retratado por la literatura: “Con Zamora en el arco, el arco se encogía y los palos se alejaban asta perderse de vista”.

Fue una celebridad de los años veinte y treinta. No queda casi nadie que lo haya visto jugar. Pero sus destrezas y sus atajadas se transformaron en mitología y recorrieron los tiempos. La FIFA, que también lo consagra como una figura de la elite de la historia en su Salón de la Fama, lo define: "Aglutinaba las virtudes de un arquero de excepción: reflejos felinos, nervios de acero, fuerte personalidad y una gran seguridad bajo palos. Y una impresionante confianza en sus cualidades, tanta como para inventarse una parada propia, la 'zamorana', que consistía en despejar el balón con el antebrazo o codo: una suerte arriesgada y que pocos se atreven a replicar".

Fue una celebridad de los años veinte y treinta. No queda casi nadie que lo haya visto jugar. Pero sus destrezas y sus atajadas se transformaron en mitología y recorrieron los tiempos. La FIFA, que también lo consagra como una figura de la elite de la historia en su Salón de la Fama, lo define: "Aglutinaba las virtudes de un arquero de excepción: reflejos felinos, nervios de acero, fuerte personalidad y una gran seguridad bajo palos. Y una impresionante confianza en sus cualidades, tanta como para inventarse una parada propia, la 'zamorana', que consistía en despejar el balón con el antebrazo o codo: una suerte arriesgada y que pocos se atreven a replicar".

Zamora comenzó su carrera en el Espanyol de Barcelona cuando apenas tenía 15 años y la terminó a los 37 jugando para el Niza, como exiliado de la Guerra Civil.

También la literatura se encargó de describirlo. Escribió Eduardo Galeano: "Debutó en primera división a los dieciséis años, cuando todavía vestía pantalones cortos. Para salir a la cancha del club Español, en Barcelona, se puso un jersey inglés de cuello alto, guantes y una gorra dura como un casco, que iba a protegerlo del sol y de los patadones. (...)  Con la misma vestimenta de aquella primera vez, se hizo famosa, a lo largo del tiempo, la estampa de Zamora. Él era el pánico de los delanteros. Si lo miraban, estaban perdidos: con Zamora en el arco, el arco se encogía y los palos se alejaban hasta perderse de vista. Lo llamaban el Divino. Durante veinte años, fue el mejor arquero del mundo. Le gustaba el coñac y fumaba tres paquetes diarios de cigarrillos y uno que otro habano."

El padre no quería que fuera futbolista. Pretendía que estudiara medicina como él. Pero no hubo caso: más le insistían más se empecinaba en volar bien lejos hasta convertirse en invencible. Contó alguna vez Zamora: "Les había prometido a mis padres que dejaría el fútbol para terminar mis estudios. Pero seguía reuniéndome con amigos para jugar y la directiva del Barça vino a hablar conmigo. Poco les costó convencerme de que volviese a tomar los botines y los guantes".

En 1919, llegó al gigante catalán. Y en momentos en los que no existía la Liga tal como se la conoce en esta ocasión de transferencias de cifras obscenas, ganó dos veces el trofeo más importante: la Copa de España. Más: el Barcelona obtuvo los cuatro Campeonatos de Cataluña que disputó con él en el arco. Y con el seleccionado español alcanzó la medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Amberes. Fue elegido El Arquero del Torneo, al igual que en el Mundial de 1934.

Pero los dirigentes del Espanyol se tomaron revancha y lo volvieron a llevar a su club, en 1922, con una receta impropia de esos días: un montón de dinero (para la época, claro). Le pagaron 25.000 pesetas por el pase y otras 5.000 en concepto de sueldo mensual. Cifras récord de entonces que hoy serían un puñadito de euros. En 1929, el equipo Periquito ganó su primer título importante: la Copa de España. El arquero mucho tuvo que ver.

Ya con la Liga fundada y en marcha, lo contrató el más poderoso: Real Madrid. Llegó y se lesionó. Cuando se recuperó, para la temporada 1931-32, marcó la diferencia: el equipo de la capital festejó el título y repitió al año siguiente.

Y en las tres temporadas posteriores, alimentó su gloria con dos Copas. Hubo un partido clave en su recorrido: en 1936, en el último encuentro oficial que se jugó antes de la Guerra Civil, el Real debía enfrentar al Barcelona en Mestalla. Su equipo ganaba 2-1 y tenía diez jugadores. Entonces, apareció el superhéroe. Lo contó una crónica de la época:

"El guardameta intuye la trayectoria de la pelota y logra detener el balón sin que los espectadores se expliquen cómo ha podido ser aquello. Formidable ovación para Ricardo Zamora, que luego le valdría ser paseado a hombros por los entusiasmados espectadores aficionados".

Con su intervención, Real Madrid se garantizó la victoria y la consagración. Esa fue su última puesta en escena como arquero en territorio español. Los horrores de la guerra lo hicieron emigrar al sur de Francia.

En su camino como entrenador (por ejemplo, fue bicampeón con el Atlético de Madrid, entonces Atlético Aviación), seguía ofreciendo consejos para el puesto del que fue dueño. Lo expresó en alguna entrevista: "No hay que perder nunca de vista el balón hasta que no lo tengas absolutamente controlado. Y eso es muy cierto y le pasa a muchos porteros, que no miran la pelota hasta el último momento, se creen que ya la tienen en su poder, miran hacia otro lado y pierden el control. También hay que aprender el sentido de colocación; pero la colocación en un arquero es una cuestión un poco innata, no es fácil aprenderla. Como los reflejos, o naces con ellos o no los adquieres. Los puedes mejorar un poco, hay algunos modos. Pero no es tan simple".

Zamora lo supo siempre: había nacido para ser arquero.Ya retirado, se convirtió en docente de su pasión.

No sólo fue un adelantado de su tiempo en el arco; también resultó un innovador fuera del campo de juego. Muchos lo reconocen como el primer futbolista mediático (otros sostienen que fue Paulino Alcántara, el goleador filipino del Barcelona; y algunos certifican que esa suerte de reconocimiento le corresponde al argentino Guillermo Stábile). Zamora fue protagonista de varios anuncios en tiempos fundacionales de la industria publicitaria, por los años 30. Un detalle cuenta su relevancia en aquel tiempo: era furor una colección de estampitas que, colocadas en orden, servían a los niños para pasar rápidamente y reproducir una atajada del arquero inmenso.

A Zamora incluso lo mostró el cine. Participó en dos películas: en 1942, en "Campeones", junto a sus compañeros del Real Madrid, Jacinto Quincoces y Guillermo Gorostiza; y en 1954, en "Once pares del botas" con su amigo Samitier. Un lustro después, el diario Marca comenzó a otorgar el premio que lleva su apellido al arquero menos vencido de cada temporada. Desde entonces, Zamora se transformó también en un divino trofeo.

 

Fuente: www.clarin.com.ar

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