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Dibu Martínez, el arquero que formó su mentalidad entre el yoga y la psicología

Dibu Martínez, el arquero que formó su mentalidad entre el yoga y la psicología

Cómo fue el camino del chico que llegó a los 12 años a Independiente y se marchó al Arsenal inglés siendo adolescente tras ser figura de un Sudamericano Sub 17.

“Esta noche voy a dormir como un bebé. Esto es algo que soñé desde chico, desde el primer día ponerme la camiseta de la Selección no fue una presión, sino algo que me merecía”. Emiliano Martínez tiene una cabeza especial. Moldeada en detalle para la alta competencia, la exigencia extrema del profesionalismo y el peso de la mediatización. La edificó entre las sombras y la resiliencia. Esperó durante once años sus oportunidades grandes y la más esperada le llegó hace un mes, cuando tuvo su ansiado debut con la selección mayor. Sus declaraciones en la previa de la definición así lo mostraron.

El peso extremo de jugar una final con Argentina ante Brasil, en el Maracaná, después de 28 años sin títulos y con la necesidad casi vital de darle a Lionel Messi una merecida alegría no fueron para él un problema. Al contrario, ese fue el combustible. “Sabía que me iba a perder el nacimiento de mi hija y eso me hizo más fuerte mentalmente”, explicó sobre la difícil carga de tener que conocer a su segunda descendiente por fotos, porque nació apenas horas antes del duelo de semifinales ante Colombia que lo consagró. “Yo trabajo con mi psicólogo, tengo gente alrededor mío. Nunca lo tomé como una presión. Estoy disfrutando”.

Emiliano, cuando entonces los medios le decían por su primer nombre Damián, saltó a la fama repentina por un Sudamericano Sub 17 que lo trasladó sin escalas desde las inferiores de Independiente de Avellaneda al Arsenal de Inglaterra. Hace once años se marchó, pero en los Gunners sólo pudo acumular apenas 38 presencias por los porotos durante todo este tiempo. Buscó refugió en el ascenso inglés con Oxford United, Reading, Rotherham United, Sheffield Wednesday y Wolverhampton con algunos préstamos, también tuvo unos pocos minutos con el Getafe español en otro préstamo. Su chance no llegaba, pero el Arsenal lo cuidaba como una gema que crecía a la sombra de David Ospina, Wojciech Szczesny, Petr Cech y Bernd Leno. Hasta que brilló tanto que tuvieron que desprenderse de él. Todo se precipitó: la venta al Aston Villa le dio el reconocimiento que se merecía y el esperado debut con la Selección llegó hace un mes atrás en las Eliminatorias ante Chile. Pero su nombre explotó definitivamente con la heroica jornada en los penales ante Colombia...

El silencio sepulcral en el estadio puso a los micrófonos del campo de juego en un rol central. Emiliano Martínez parecía enojado, fastidioso. Como si arrastrara viejas rencillas con Yerry Mina, Davinson Sánchez y Miguel Borja, pero expuso un silencioso respeto deportivo con Juan Cuadrado y Edwin Cardona. Con los tres primeros se mostró verborrágico, exaltado, fuera de sus casillas. Habló sin cesar, como si estuviese por fuera del aquí y ahora. Pero no. Era una estrategia. Sacó de sus bolsillos el trash talk, el anglicismo elegido para decir con estilo lo que en el barrio se conoce como la bardeada o la verdugueada en el medio de los partidos. Abrió las puertas del laberinto psicológico de sus rivales. Y triunfó.

“Fijate que de cinco penales a dos no les dijo nada. A los otros tres que los vio titubeando, con cierto temor, les trató de trabajar un poco la conciencia para debilitarlos”. Miguel Ángel Santoroa.k.a Pepé Santoro, tiene una de las fórmulas más preciadas del fútbol. Sus manos son las de un preciso orfebre que moldeó a algunos de los arqueros más destacados del país en los últimos años. Olfateó las condiciones de Martínez cuando llegó a los 12 años desde Mar del Plata para probarse, pero el arquero debió esperar una década y media para que los grandes flashes finalmente se posaran en él. Dibu fue héroe de la Selección con un equilibrio justo entre sus magníficas condiciones, un trash talk viral y algunos métodos alternativos para un futbolista como el yoga, los pilates o la psicología.

A la tradicional disciplina de raíces hindúes Martínez la adquirió como una de las opciones alternativas que le brindó el Arsenal inglés por fuera del fútbol y para Pepé esa herramienta le sirvió a Dibu para saber cuándo aplicar el asedio psicológico durante esa tanda de penales que hoy es tema de debate en todo el mundo. “Hace yoga. Si te das cuenta, cuando va a empezar los entrenamientos agarra la pelota, cierra los ojos y está algunos minutos concentrado. Hay cosas que uno nota que hace diferente: en ese tiempo que él tiene, con esa meditación y concentración, ve que el adversario tiene alguna debilidad cuando va a patear los penales. Les trató de trabajar un poco la conciencia para debilitarlos y tuvo suerte. Fijate como él dentro de esa tranquilidad, esa pausa que tiene superior por autodominio del autoestima, tuvo tiempo para darse cuenta a cuál tenía que chicanear”, analizó Santoro para Infobae, detallando su mirada de por qué les habló a Mina, Sánchez y Borja, pero no lo hizo con Cardona o Cuadrado.

Emiliano abandonó a los 12 años Mar del Plata con un sueño. Mejor dicho, con una obsesión. Se probó en Boca y en River, hasta que llegó a las manos de Santoro en Independiente, el club de sus amores. El primer día que apareció por Domínico, Santoro lo mandó a cambiarse y lo probó. Lo tentó la proyección de su físico y ciertas “reacciones rápidas”. “Además, en Independiente había en ese momento unos cuantos arqueros que llegaron todos a Primera. Muchos referentes a los cuales copiarles cosas. Pronto mostró grandes condiciones. Una de las principales, que vemos partido tras partido, son las decisiones bien tomadas y en el momento justo”, reconoció.

Por esos años, Beto, su viejo, se gastó toda la guita que tenía para comprarse un Gol para viajar cada dos semanas hasta Avellaneda, pero a veces los pagos tardíos por su trabajo de flete en el puerto costero le dejaban los bolsillos flacos y debía pedirles prestada plata a los amigos para que la familia pudiera trasladarse a apuntalar a Emi. “Lo llevamos a Independiente, Pepé lo vio y dijo ‘quiero que se quede’. Nos mandaron a casa y a los dos o tres días le llevamos la ropa. Íbamos cada 15 días cuando jugaban de local y nos quedábamos el fin de semana. Tuve que pedirle algunas manos a amigos porque me había gastado lo que tenía y a veces no había como para echarle nafta. Los amigos nos bancaban un poquito y podíamos ir a verlo”, relató Beto a este medio.

Los entrenamientos juveniles terminaban a las cinco o seis de la tarde. La familia esperaba ansiosa hasta ese momento para hablar con él, pero también para controlar que no se “escapara”. Unos contactos telefónicos sin éxito despertaron la duda. Pidieron que alguien del equipo de representantes se acercara hasta el predio de Independiente para ver qué pasaba; tal vez Emiliano se estaba corriendo de eje. No hubo sorpresa. Dibu seguía profundizando su perfil obsesivo: “Siempre fue de un carácter especial. Llamábamos y no estaba en la pensión. Se escapaban algunos chicos a veces. Así que llamamos al representante. No sea cosa que se haya entusiasmado y se haya ido. Pero no: Emi estaba en el gimnasio, todas las tardes se quedaba entrenando más tiempo con uno o dos chicos más”.

Aquel Sudamericano Sub 17 con Argentina del 2009 fue el quiebre definitivo de su carrera. Martínez todavía era un adolescente que tuvo un gran torneo y cautivó los ojos del scout del Arsenal de Inglaterra. Los clubes acordaron que el arquerito iría diez días a probarse y luego resolverían el tema económico. Pero con una condición: Pepé Santoro debía acompañarlo. “Trabajó lo más bien a la par de todos. Vino Wenger a los diez días, nos llamó y lo felicitó. Dijeron que había rendido. Que estaba dentro de las expectativas”, revivió Santoro sobre aquellos días de foráneo.

Fueron primero los 406 kilómetros de distancia entre su familia en La Feliz y Avellaneda los que hicieron darle un baño de realidad. Con 12 años debió transformar su vida. Cuatro años más tarde, se convirtieron en 11 mil kilómetros de distancia. Santoro le dio un empujón clave: “Él tenía un futuro muy bueno en Argentina, tenés que estar mentalizado para ir a un país del que no sabés las costumbres, el idioma, con gente distinta. A él le costó pensar eso y tomar una decisión. Hablamos mucho. Le dije que era una oportunidad que no podía desaprovechar: ‘Venís de una familia humilde, pero podés tener soluciones. Si extrañás, te traés a uno de tu casa y te vas acostumbrando’. Al sacrificio ya estaba acostumbrado porque estaba en la pensión solo”.

Los Gunners sacaron a relucir su estructura de primer nivel también para ganarse el afecto de la familia. Beto recordó que los ingleses “quedaron encantados” con su hijo, pero después se encargaron de “averiguar todo” de la familia para también metérsela en el bolsillo: desde antecedentes policiales, hasta si tenían alguna enfermedad o de qué vivían. “Le hacíamos el aguante de ir allá. A veces iba mi hijo un mes, yo un mes, después la mamá otro mes”, explicó sobre cómo lograron cimentar la aventura de ese adolescente que todavía estaba lejos de ser mayor de edad.

Congeniaron dos mentalidades de progreso constante. Martínez y el Arsenal parecían estar atados por un hilo rojo. El club inglés ofrece oportunidades más allá del fútbol y motivaciones económicas. Le dijeron que si aprendía inglés en un corto período, le darían un bono independientemente de su salario. “Aprendió inglés rápido... Es verdad lo del bono. Cuando se podía comunicar bien con los amigos y la profesora ya daba el ok al Arsenal que estaba habilitado para conectarse con los amigos, le daban ese bono que para nosotros era mucha plata. Aprendió rápido: al mes y pico ya ganó el bono”, reflejó Beto. Por entonces, la familia se sostenía con el trabajo en el puerto del padre de la familia a bordo de un camión, una profesión que abandonó hace unos años para dedicarse a la venta de pescados junto con el hermano de Dibu.

La anécdota del bono a cambio de aprender inglés es simplemente un detalle. La motivación para el joven arquero no era sólo económica, algo que nunca estaba de más para ayudar a los suyos. El motor para seguir progresando es su obsesión por ser mejor deportista cada día. Un ejemplo es con su dieta diaria: “Emi se llega a comer un chocolatín que le gusta y al otro día hace dieta exclusiva. Hace como ocho años que tiene el mismo peso, entre 90 y 92, y no se va. En las fiestas va, come lo que tiene que comer, pero no come exagerado. Él come un plato de lo que le gusta y ya está”.

Muchos que no siguen con puntillosa obsesión el fútbol mundial descubrieron el nivel de este arquero que esta temporada se convirtió en uno de los mejores de la Premier League. Aunque cada vez que jugaba rendía, los Gunners no le daban demasiados minutos. Sin embargo, jamás querían venderlo. Sólo le abrían la puerta para las cesiones. Sabían que tenían un diamante que habían tallado a mano. Cuando tuvo la verdadera oportunidad por la lesión del titular Bernd Leno cumplió tanto las expectativas que no tuvieron más opción que permitirle la millonaria –e histórica para Argentina– venta, ya que no le podían dar todos los minutos que él precisaba. No fue casualidad, cuando empezó a tomar mayor protagonismo en el Arsenal también llegó el llamado de la Selección para ser suplente en tres amistosos del 2019. Antes que a él probaron a Franco Armani, Esteban Andrada, Gerónimo Rulli, Paulo Gazzaniga y Juan Musso como opciones para reemplazar la histórica salida de Sergio Romero. La espera y el derrotero por distintas partes del fútbol mientras aguardaba impaciente su chance en el Arsenal (y por correlato en la Selección) reforzaron su espíritu de lucha, de progreso y deportivo. Martínez buscó alternativas para nutrir su cabeza como el yoga, los pilates y en el último tiempo también las clases de boxeo. Además, sumó un psicólogo para su día a día: ”Lo hace mucho por teléfono, pero lo tiene hace como tres años. Eso le viene muy bien a la cabeza. Está firme. Él se siente muy cómodo”, especificó Beto en consonancia con las declaraciones que dio su hijo en conferencia de prensa sobre cómo se apoya en la terapia para mantenerse en eje.

Entre aquel Sudamericano que lo impulsó a Inglaterra y este presente de Selección pasaron once años. Tuvo pocos minutos de acción oficial para un arquero de su categoría, pero él jamás dejó de estar convencido de dos cosas: sus excelentes condiciones deportivas y que su chance tarde o temprano aparecería. Cuando el momento llegó, tomó la sortija de la calesita una y otra vez. Nunca más volvió a bajarse. Se agigantó en el arco del Arsenal y se convirtió en una estrella de la Premier League bajo los tres palos del Aston Villa. El debut con la selección mayor se llevó a cabo hace un mes, pero ya parece que lleva años con las llaves del arco. Y tal vez en su cabeza así fue.

“Desde chiquito te dabas cuenta que iba a llegar a algo grande porque ya tenía esa mentalidad. Estaba en la Sub 17 y ya soñaba con la mayor, no es que soñaba con la Sub 20, soñaba con la mayor. Su cabeza estaba programada. Ves un montón de jugadores en inferiores con condiciones, pero no todos tienen la misma ambición, ese hambre de gloria. Dibu tuvo eso”, lo recordó el Ruso Rodríguez, otro marplatense apenas tres años más grande que rápidamente lo adoptó como un hermano menor en la pensión del Rojo.

El arquero obsesivo, puntilloso, también entendió que debía ser un ejemplo para los más chicos como alguna vez lo fue Oscar Ustari para él. “Siempre tuve contacto con él. Hace unos meses, que estábamos en plena pandemia y los chicos trabajaban por Zoom, perdían el interés, le pedí hacer un Zoom con todos los chicos y les fue marcando todas las penurias que tuvo. Los sobresaltos. Cómo los fue superando, que nunca bajó los brazos. Hoy lo tenemos como un referente”, identificó Santoro cómo ese nene que él fichó ahora es un espejo para sus nuevos pupilos, a los que entrena con sus 79 años.

“Yo lo veo y toma las decisiones en momentos justos. Sale con seguridad, si tiene que meter los puños en el pelotón los mete. Él en todo este tiempo fue absorbiendo y siempre aprendió rápido. Lo que aprendía, lo ejecutaba. Eso también lo llevó a la selección Sub 17 enseguida. Yo a los chicos les enseño mis vivencias. Cuando jugaba, el arquero que era inseguro y manoteaba tanto la pelota, la puñeteaba, no servía. Una de las virtudes que debía tener el arquero, aparte de otras, era la seguridad. Fijate él en este momento cómo baja las pelotas con naturalidad, con normalidad. Trabajo todos los días con la parte de centro, de seguridad, de retención”, detalló Pepé sobre sus fórmulas secretas para ser una factoría de arqueros mundialmente reconocida. Esas enseñanzas de Santoro, al que Dibu alguna vez definió como una “escuela de arqueros”, un “maestro” y aseguró no creer que haya “nadie mejor que él” para dar clases sobre el puesto, son las que tal vez irrumpieron inconscientemente en una de las imágenes más impresionantes que dejó Martínez desde que pisó con fuerza en la Selección. El topetazo de Yerry Mina por Eliminatorias lo hizo perder el conocimiento e irse de la cancha en camilla directo al hospital, pero con un detalle: nunca soltó la pelota. Ahora, parece, no soltará nunca la titularidad.

 

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